viernes, 6 de diciembre de 2024

Chindasvinto

A 30 leguas de Pinto
y a 15 de Marmolejo,
existió un castillo viejo,
que edificó Chindasvinto.
Perteneció a un gran señor,
algo feudal y algo bruto,
se llamaba Sisebuto,
su esposa Leonor,
Cleopatra su tía,
su nieta Rosalía,
el chico mayor Rogelio,
su tía Berenguela
y una prima de su abuela
que atendía por Mariana.

Era una noche de invierno,
noche cruel, noche espantosa,
en fin, noche de infierno.

Cabalgando en un corcel,
de color verde botella,
raudo como una centella,
llega al castillo un doncel.
Llega al foso, salta el muro
- ¡Cielos! - exclama.
- Me ha dado mico mi amada.
De pronto, algo que resbala
siente sobre su cabeza,
estira el brazo y tropieza
con la cuerda de una escala.
Sube que sube que sube,
trepa que trepa que trepa,
en brazos cae de un querube,
la hija del Conde, la Pepa.
- Lisardo, mi bien, mi vida,
el único ser que yo adoro,
el de los cabellos de oro,
el de la nariz de cielo.
Dime Lisardo querido,
dime Lisardo adorado,
¿Qué sientes tú aquí a mi lado?
- Y él responde: - Siento frío.
- ¿Has dicho frio?
eso me inquieta,
eso me alarma,
no llevarás camiseta.
Tápate con esta manta.
- y va, y le da una servilleta.
- Y ahora hablemos de amor,
que nuestras almas dislocan.
Yo te quiero como un niño,
yo te amo como una loca,
si no me quieres me mato,
si me dejas me hago cura.
- ¿Cura has dicho?
Por Dios Lisardo,
no repitas esa frase
en jamás de los jamases,
pues estaría bonito,
hija soy de Sisebuto,
desde mi más tierna infancia
y aunque mi padre es muy bruto
y aunque sé a lo que me expongo
¡Huyamos!
¡Marchemos al Congo!
a ocultar nuestros amores
debajo de cualquier hongo.
- Bien has dicho,
bien has hablado
y si alguna vez nos cogen
que nos quiten lo bailado.
- De pronto un fiero ladrido,
estremece aquel recinto,
- ¡Es el perro que me ha olido!
- exclama el hombre dolorido.
Y cual tremendo huracán,
entra un hombre,
luego un can,
luego nada,
luego nadie.
- ¡Hija infame! - grita el Conde.
- ¡Qué haces con este hombre!
¡Dónde has dejado mi honor!
¡Dónde, dónde, dónde!
- Y cogiendo un gran puñal,
de un solo golpe certero,
le clava el cortante acero,
hasta la espina dorsal.
El joven naturalmente,
las diñó como un conejo,
ella frunció el entrecejo
y se murió de repente.
El conde se volvió loco
a resultas del espanto,
el perro no tanto
pero le faltó muy poco.
Y aquí termina esta historia,
que estremeció los recintos,
en aquel castillo viejo
a 30 leguas de Pinto
y a 15 de Marmolejo.

Origen: Esther C.
Lugar: La Robla

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